Suerte de los corderos

El tiempo apremia. Mañana a las 8h50 debo ir en ayunas a que me saquen sangre. El médico me dirá qué me hizo Hannah, la Hannah en pecado concebida y sin regla menstruada. Esa Hannah físicoquímica ya no es solo una parte de lo que fui estos últimos meses; es parte de mí y yo soy, en parte, ella. Me ha cambiado el género, la raza, la nacionalidad. Me los ha reconfigurado, o quitado. Esto tiene una explicación que os voy a dar.

Tras el primero atracón de pornografía, fugaz como un estallido angelical, no he vuelto a tener ganas de sexo. Supongo que la testosterona debe estar ahí, pero quizás esté inerte. O quizás Hannah no quiera marcharse. Sin embargo, me parece injusto y falaz identificar a “mi femenino” con la desgana de cuerpo, ya sea el mío u otro cualquiera. Y digo mi femenino porque lo de “mi yo” es un error. El yo no nos pertenece. Nos lo van haciendo, como la comida preparada, la ropa. Pero ahí está su presencia, Hannah, como si unas hormodrogas, permitidme el neologismo, como si unas hormodrogas me programaran para atravesar una divinidad femenina, una diosa de la fecundidad, sin que ella misma tuviera la necesidad de emparejarse. Ella se hizo fecundar por el acaecer de los días, nada más. Y dio a luz un nuevo Francesc, un hombre, sí, es niño, parece que es niño porque tiene pito pero por lo demás, si no caemos otra vez en el genitalismo, esta persona tiene un género propio que es, además, el que más le conviene.

No sabría ahora escribiros aquí rapidamente unas tres o cuatro o veinte líneas sobre la relación entre género y sexo. No sabría, sobre todo, porque estoy muy cansado. Estoy cansado del esfuerzo de intentar encontrar el equilibrio entre mi rareza y el orden mundial, la manera cómo las cosas se han dispuesto, el poco margen de maniobra que tengo para ubicarme allí de una forma un poco satisfactoria o por lo menos que me salve de ser totalmente engullido y aniquilado, que es lo que suelen hacer los filtros de Instagram y demás herramientas de uniformización, al igual que otros elementos totalitarios. No temáis utilizar esta palabra, porque de eso va Hannah: de resistir, mientras se pueda, al maremoto de la uniformidad. La gran onda avanza rápida en lo que es la duración de la historia, pero muy lenta según nuestra percepción, tan lenta que no cambiamos nuestra conducta, seguimos como corderos la corriente letal, dejamos de hablar del cambio climático para hablar de naciones.

Una nación, por favor!, oigo pedir como el que pide un café. Libertad! Independencia! Y gente que pide. Esta es la gente indigente que da de comer a la onda gigante. Me costó mucho trabajo y muchas penas darme cuenta de que las naciones, al igual que los géneros y las razas, no existen. No, la nación no existe. No es real. Ninguna nación lo es. Se puede decir que “el género es una construcción discursiva”, que “la raza es un sistema de clasificación artificial”. Eso está muy bien, y es verdad. Pero yo quiero saber en qué se basan los creyentes del nacionalismo para admitir que con la nación pasa algo distinto. Yo no soy quién para negarle a un pueblo su derecho a la autodeterminación, pero tengo el derecho de preguntarle a alguien cuál es su pueblo, y qué le hace pensar que pertenece a uno. Tengo ese derecho porque puedo hablar y reconozco el derecho de los demás a que me hagan la misma pregunta, y se la puedo contestar porque pertenezco, efectivamente, a un pueblo. Pero mi pueblo no tiene nación, y quienes aseguran lo contrario viven todavía en una fantasía infantil porque necesitan unos padres o, en su defecto, unas instituciones que les digan quienes son. El error está en delegar la realización de nuestros sueños en una gente que nunca ha podido hablar por nosotros, ni podrá. Es por eso que hay que preguntarse primero qué es un pueblo. También hay que tener claro que la autodeterminación es como la autoayuda y el autoerotismo: si alguien te da una manita, olvídate del auto. Si tiene que venir alguien a hablar por ti, a declarar no sé qué cosa, no te engañes: ya puedes seguir creyendo que eres hombre blanco, mujer negra, español, catalán, y todo lo que te quepa en el imaginario. Te deseo suerte. Ni siquiera los corderos lo tienen fácil.

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Cómo ganar dinero sin hacerte rico

He creado a Hannah a mi imagen y semejanza, sin injerencia de dios alguno, fruto de la química y el deseo, por la gracia de un médico con un conocimiento y un coraje admirables, bendito sea.

Y es que hoy, querida diaria, tengo que hablar de médicos, de deseo, y de un personajaco. Empiezo con los médicos. Los hay que, cómo decirlo?, son una enfermedad en sí mismos. Llevo dos o tres días con una contractura pesadísima, dolorosísima casi siempre e insoportable a ratos, pero insoportable a punto de que se me llenan los ojos de lágrimas de dolor. Por suerte, sigo en estado de gracia con mi trabajo, es una relación de amor que espero que dure porque a pesar de ver sus puntos débiles, como que las exigencias van en aumento, hay que mejorar los resultados y no hacer de la oficina una guardería, yo lo veo todo muy lógico, quizás porque las exigencias me las tomo como novedades y lo nuevo mola, y porque los resultados hay que mejorarlos, por supuesto, para que la empresa de al lado no nos tome la delantera, y la competencia sana puede ser muy divertida. Y claro, lo de la guardería no va dirigido a mí. Yo soy lo que se llama un señorito: sé que las leyes no han sido hechas para mí sino para aquella gente que no sabe convivir, que no respeta lo ajeno, y que tiene que estar siempre abriendo y cerrando la boca como si fueran peces. Si eres respetuoso, si saludas a cada jefe en su idioma, si no se te nota que les estás haciendo un poquito la pelota no solo a los jefes sino a tus compañeros, porque hay que intentar no caerle mal a nadie, y menos a los serios y trabajadores, y saludar convincentemente a los guapos para que te saluden y los demás te envidien, si te aprendes toda esa cartilla de mierda que incluye lucir modelitos audaces para que no te confundan con la multitud, entonces prepárate para triunfar como la Coca Cola, la Pepsi y la Coronita juntas.

Pero ayer, por mucho estilo que derroche, por mucha gracia que destile y por mucho curro que le saque a mi equipo y a otros porque la verdad es que voy sobradísimo de tiempo y precisión (y de puntualidad, y de compañerismo, y de simpatía, y… vamos, es que soy un empleado de ensueño que le puedo mirar al capitalismo con un desdén digno de Aznar), nada de eso me quita la contractura. De hecho, probablemente sea la razón para que vaya encogido sin darme cuenta, tenso sin percatarme, estresado con una sonrisa. El capitalismo dona pero no perdona. Te dona la certeza neurótica de ser normal y algo de dinero para vivir y distraerte del sinsentido vital, pero a cambio le das tu vida, eso tenlo claro. Yo lo tengo claro. Saberte esclavo no te hace más libre, no! Es un error pensarlo. Pero te hace menos idiota porque por lo menos sabes medianamente lo que estás haciendo, para qué te pagan, y qué debes hacer para mantener o incluso mejorar la situación y beneficiarte del poco pastel que queda. Por eso no les hago caso a los que dicen que soy un lameculos o un loco. Son unos pobres resignados, o unos perdedores compulsivos. Como normalmente no llegamos a conocer quienes hacen el pastel, hay que hacerse amigo de quienes lo reparten. No es una cuestión de ética. Es una cuestión de vida o muerte. Así de dramática es la realidad desde que terminó la historia y nos quedamos atrapados en el Capital: o te cuelas, o te echan. O cortas tú el pastel, o te quedas sin. O buscas entender cómo cambia el juego (porque nos lo van cambiando) o vas a perder. Perderás. Estás perdido.

Me he ido al médico esta mañana. Me ha tocado la espalda para localizar el dolor. Me ha tocado con sus guantes, su pantallas táctiles, sus separadores de contacto. Al principio me miraba a los ojos. Luego vio mi ficha. Me preguntó por mi medicación habitual. Luego me preguntó, específicamente: “¿Y Climen?” Y yo os pregunto, qué pensáis de alguien que os hace una pregunta sabiendo ya la respuesta? Y qué pensaríais de un médico bajito, tirillas, con sus bambas de no recuerdo qué marca, sus pasitos rápidos aplumados, que al final ya ni te mira a los ojos? En mi tierra, a esto se llama una mariquita mala. Luego ha venido un enfermero, más dicharachero, menos retorcido, más echaopalante, no sé si marica o no, el radar me falla y así me va, me ha propuesto un pinchazo en el culo y le he dicho que sí, claro que sí, entre una cosa que entra por la boca y otra que entra por el culo, me figuro que la segunda tiene que hacer efecto más rápido, digo yo. La verdad es que ha sido muy gustoso. El pinchazo rápido, un dolor ameno y mi posición… de risa. Yo estaba de pie y el enfermero en una posición un poco más baja. La imagen se habría vuelto peligrosamente gay durante unos cinco segundos, más que suficiente para hacer un gif, si no fuera porque el protocolo estaba claro. Como casi siempre en mi vida.

Ha vuelto la mariquita mala que me ha preguntado si yo quería la baja y yo, que no iba a ser menos mala, le he dicho “no, para nada, yo me iré a la oficina, me encanta mi trabajo” cuando en realidad le estaba espetando un “me das lástima, infeliz, con la profesión que a la que tus padres te condenaron para que pudieras consolar tus angustias com bambas, cenas, viajes, follamigos y todos esos escapes que una vida equivocada reclama”. Así me las gasto yo en pensamientos. Por fuera, cuando me conviene, soy todo sonrisas. Por dentro, estoy destrozando o pensando cómo puedo destrozar a la chusma que no me cae bien. No está mal para haber recibido una educación católica. Como decía George Clooney en el anuncio del Nespresso, “What else?”.

What else, what else, pues se me está haciendo larga esta página y no he hablado del deseo, ese que Hannah tanto ha desencaminado, afortunadamente, ni del personajaco. Pero hay más días que pinchazos así que si salgo con vida de esta contractura (pero párame ya de escribir!) os lo contaré el próximo día.

A chope!

Hoy me pegaré un buen atracón de estereotipos. No comerlos, sino vomitarlos. Si no los veo ahí fuera, no podré analizarlos. Estoy comiendo mierda, pero mierda a tope. No tan mierda como comida basura, que también, porque fui un día al Kentucky Fried Chicken Sagrada Familia a ponerme las botas con un menú tres piezas crujiente con puré y Fanta naranja. Me supo a Santísima Trinidad pero el Padre (pollo) se me repitió mucho a la primera pieza, así que me empaqueté las dos piezas restantes y me las recalenté al día siguiente. Es bestial. Algo está cambiando en mí. Antes me hubiera zampado las tres piezas crujientes, siempre pido opción crujiente, nunca original (¿quién se pide original?). Original es ir de seudosano, es quedarse con el rebozado de huevina y la misteriosa selección de especias. Nada que ver con el crujiente, una capa espantosa de grasa ciertamente saturada y refrita que cuando la muerdes es como si estallaras de felicidad al ritmo peristáltico de unas peta zetas. Sonríes de tanta inmundicia. La comida basura siempre te hace feliz durante los primeros cinco minutos desde que te sientas.

Recalentar piezas de pollo de Kentucky Fried Chicken tiene algo de mérito, lo sé. Pero no voy a tirar la comida, ni el dinero que me costó. Estos días he hecho cosas peores, o mejores, depende del punto de vista y de vuestro nivel de empatía guarrera. Como cuando me hice una hamburguesa con carne picada por Ali, el famoso carnicero de la calle Rosselló, y a falta de pan rallado le metí más cilantro que carne. O cuando me tomé una imitación de Red Bull marca Carrefour para acompañar unas chips con bastante salsa Espinaler y unos restos de pera en almíbar, si no me equivoco. También he ido un par de veces, o puede que tres o cuatro, a la Panadería Colombiana y siempre he pedido café con leche largo de café y tarta de pan, buñuelo de queso o plátano frito con queso y guayaba, aunque me he quedado con las ganas porque las papas de carne están para llorar más que con el Titanic y no, no es una exageración: las papas de carne de la Panadería Colombiana las abrís, les echáis salsa picante de esa que te traen a la mesa con cachitos de no sabes qué, las acompañas con un jugo de naranja natural recién exprimido o un batido de fresa o de esas frutas que solo existen en las antiguas colonias españolas y lo flipas, lo flipas muy mucho, te vienen ganas de dejarlo todo e irte a uno de esos países aunque ya no todo sean papas, coca y Shakira.

Tengo que volver a Ali antes de terminar este informe sobre mi virtuosa alimentación, que seguro tiene que ver con el alto a las hormonas femeninas y el adviento de la testosterona que me está volviendo un auténtico machote latino, y eso que los cambios gordos están por venir. El caso es que Ali, que ayer descubrí con asombro que aún tenía la carnicería abierta a las 9 de la noche, tenía una cosa que parecía un chope halal. Os prometo que si véis un chope halal con un logo bien hecho, un gallito estilizado mucho más estirado que el de Le Coq Sportif, os entra como una nostalgia aunque no seáis de Marruecos. ¿Os ha pasado, sentir nostalgia por algo de un pasado que no es el vuestro? A mí sí, y no creo que sean vidas pasadas. Creo que es un tema de empatía estética como la que tenemos Ali y yo. No seáis malpensados, Ali es un señor respetable que me pone cero. Pero allí estaba el chope mirándome, y yo pensé “me lo voy a pedir, me lo merezco, me lo he ganado”, y estuve a punto de pedir el chope, las pastillas de caldo con sabor a cordero y la leche de coco pero he pensado “nene, frena el gasto que no sabes cuánto te queda este mes en el banco” así que le pedí solo el chope. Sorpresaaaaa… hay dos sabores de chope bajo la misma apariencia, bajo el mismo envase. La diferencia es imperceptible, el diseño es discreto: uno pone picante, el otro pone otra cosa. Otra cosa es, por cojones, insulso, aburrido, mediastintas. Así que picante, Ali, ponme picante! Llegué a casa, me aguanté unas dos horas. Heroico, tío, heroico. Luego a falta de pan buenas son tortas, pero como no tenía tortas cogí unas medias noches que son como un brioche industrial nefasto en dosis individuales para gastar más envase y joder el planeta solo un poquito más, les metí dentro unas rodajas de chope de pollo halal picante, unas aceitunas con relleno de ya sabes que no es anchoa, todo adobado exprés con un chorrito de mostaza otro de salsa Espinaler que aún le falta sabor, y no le metí un huevo duro cortado en rodajas porque lo tenía que hervir y estoy de un vago machirulo que os váis a cagar cuando me veáis peinado como una choni poniendo cara de heteroflexible. Sí sí sí. Os váis a cagar.

A los judíos nos hacen cosas

De vez en cuando, la vida se parece a un bosque de premoniciones. Terminé la última página del diario comparando la despedida de mis compañeros a la de un grupo de hermanos masones, y sin saberlo estaba anunciando algo que tiene mucho que ver con la tragedia sobre la que tengo que escribir hoy.

Tengo que.

Algunas obediencias masónicas han sido determinantes para consolidar las democracias modernas y redefinirlas en función de la necesaria justeza económica mediante esquemas de favores. En los mejores casos, los favores no sirven intereses meramente personales, sino que cada masón o pedrero se dispone a participar con su trato y lealtad en las aspiraciones del mundo, que es la obra simbólica de ese ente al que unos llaman D-os, otros Razón, otros el Gran Arquitecto.

Las mentes mezquinas juzgan a los grandes obradores por la pequeñez de sus propias aspiraciones y se inventan conspiraciones que poco tienen que ver con unos pactos mayores sin los cuales el mundo estaría aún más en peligro. Esto no quiere decir que los masones no se equivoquen, ni mucho menos. No se trata de una cuestión de superioridad ni de jerarquía, aunque internamente los hermanos deban estar organizados, y mucho, como toda arquitectura. Pero sí hay que reconocer que el mundo sin clases difícilmente subsistiría. Últimamente tiendo a considerar que, al contrario de la raza y del género, e incluso de las nacionalidades, que son todas ellas fuentes artificiales de identidad, la clase social es una fatalidad de la organización humana, por cómo se distribuye el trabajo y sobre todo la riqueza, por cómo se garantizan los bienes y cuidados básicos, pero sobre todo por el azar que determina dónde nace uno, y por la capacidad que tendrá para superar su condición inicial.

Paradójicamente, la masonería aparece como un tipo de organización vertical, muy jerarquizada y elitista, aunque el masón es más bien el ejemplo del que voluntariamente, y no sin sacrificar parte de su libertad y voluntad, se coloca al servicio de un obrar común. Por eso, más allá del manoseado tópico del contubernio judeomasónico, muchos judíos participaron, sin sorpresa, de esa misma consciencia y en ese mismo obrar. Solo por hablaros del Portugal del siglo XIX, cuando el culto aún era derecho exclusivo de los católicos, Leão Amzalak fundó la reputadísima Cocina Económica gracias a la que pudieron alimentarse miles de pobres de la capital portuguesa, y Simão Anahory creó Amparo de los Pobres (Nophlim) que proporcionaba una comida caliente los Sábados. Los dos eran judíos y no consta que fueran masones, pero sus razones e inquietudes no serían muy distintas de las que impulsaron al movimiento republicano, en el que la masonería y concretamente la Carbonaria fueron determinantes.

Sin embargo, la mayoría de judíos que conozco no aspira a cambiar el mundo, sino a contribuir para que sea un lugar mejor, ya que no contamos con realidades metafísicas ni consuelos intangibles. Sin promesas de cielo o infierno, nos hacemos responsables de cómo nuestras decisiones afectan al ecosistema, al entorno, a nuestra superviviencia como pueblo. Estoy convencido de que éste es un derecho absolutamente legítimo, pese a que los antisemitas quieran seguir confundiendo nuestra resiliencia con una forma de agresión. El antisemitismo suele operar de la forma más vil: con mentiras más atractivas que la verdad, falsificaciones no siempre más veraces que la historia, estereotipos fáciles de reproducir que explican realidades mucho más complejas que pocos quieren ver. Un pueblo demográficamente inferior y con una demostrada capacidad de superación solo podía convertirse, fatalmente, en un gran candidato a chivo expiatorio de los males del mundo. Da igual lo que hagamos, siempre tendremos más números en la quiniela del juicio.

Me asombra… casi me asusta la capacidad de distanciarme de mis propios sentimientos para poder escribirlos, que no describirlos… Esta mañana me he despertado con el pantalón del pijama muy húmedo. Me lo he tocado y lo he olido: me había hecho pipí. Ya me he tomado el desayuno y llevo un rato escribiendo pero a ratos se me acelera el corazón: sé que el motivo del derrame involuntario no es en absoluto gracioso, y nada apaciguador. Por respeto a su privacidad, no voy a decir nombres ni daré detalles, pero os aseguro que ayer tuve noticia de nada menos que tres amigos judíos que me informaron, en primera persona, de ataques antisemitas que han sufrido recientemente. Uno, por tener una mezuzá en la puerta (no me refiero a otro caso en cuya denuncia participé aunque el Ayuntamiento de Barcelona lo haya obviado, como institución antisemita que es); otro, por militar en un partido que defiende explícitamente el derecho de Israel a existir (insisto: el derecho a existir! en estas estamos); y un tercero, por tener un nombre inequívocamente judío.

Confieso que ayer me fui a la cama tarde y triste. Como siempre, fui al baño antes de irme a dormir. Recuerdo que me abracé a mí mismo. Pero nada me hacía pensar que el miedo haría “llorar” a mi cuerpo como a un niño espavorido. Quizás yo no sea un exagerado. Quizás no seamos nosotros los paranoicos. Quizás el antisemitismo haya vuelto para quedarse una temporada, pero no voy a escatimar en medios para combatirlo. Y si algo tenemos, además de principios, son medios. Muchos medios.

#WeRemember

No apartes tu mirada

“Ya te ha llegado más carne fresca”, bromea un compañero hetero, padre de familia, que aún se confunde con mis gustos particulares pero sabe perfectamente que prefiero los hombres aunque Hannah haya hecho tambalear el concepto. ¿Hombre? En el punto álgido de la sustitución hormonal, en los días de progesterona, me sentía atraída por hombres con coño, me volvían loco, era algo que no podía evitar. No pensaba en sexo, solo en mirar por internet su forma admirable de masturbarse, sus gemidos entrecortados y sus corridas generosas. La “carne fresca”, según las palabras de mi compañero, era un chico escandinavo fibrado, bien arreglado, con cierto aire de intelectual, pluma delicada, que hará las delicias de muchos gays pero no las mías.

Lo que me pone realmente es la gente que me mira a los ojos. Por favor, miradme a los ojos, al menos cuando estamos hablando. Dejad el móvil. Seamos analógicos. Por suerte hay muchos en el curro que entran en esta categoría. Luego, dentro del conjunto de los que miran a los ojos y no apartan la mirada, y pueden incluso aguantar los matices de humor, ironía, conocimiento y demás complicidades sin pestanear ni interrumpir la mirada cuando uno de los dos nos tenemos que tragar saliva porque hay algo ahí que se mezcla y no sabemos muy bien lo que es, dentro de ese conjunto está el subconjunto de aquellos que tienen cosas qué decir. Normalmente, son también los que saben escuchar. Poder comunicarte con alguien que no conoces personalmente pero con quien compartes el lugar de trabajo mirándonos a los ojos sin filtros ni vergüenzas ni salidas de tono, y poder decirnos cosas que importan aunque sean pequeñas, aunque sean efímeras y tengan que ver casi siempre con el trabajo, eso es para mí un lujo.

Los demás ya pueden estar buenísimos según la prescripción de los cánones, ya pueden parecer ángeles, que los hay (tengo un compañero que parece caído del techo de la Capilla Sixtina y os daría algo si lo viérais en todo su esplendor), demonios, bestias en celo, que también las hay en la oficina (e impresionan), ya pueden guardar un enorme parecido con ese actor porno con el que me pajeé hace unos días o con aquél presentador de la meteorología que seguramente sea un gilipollas; si no saben hablar, si no tienen nada estimulante que decir, pero sobre todo si no saben mantener la mirada, no me interesan. Analógico, por favor! Gracias.

Ahora bien, en el ámbito de las fantasías, la mejor, para mí, es sin duda la de los imposibles. Un chico que está claramente fuera del campo de posibilidades porque está comprometido o tiene pareja o simplemente no le gustan otros chicos tiene para mí el perverso atractivo de ser inalcanzable, con lo que todo lo que pueda pasar entre nosotros está contenido de antemano por los diques del desencuentro de orientaciones: lo que yo busco, él no me lo puede dar, y yo estoy fuera de sus expectativas y deseos. Ambos lo sabemos, o quizás no; y no diré que una situación me resulta más excitante que la otra porque en verdad no lo sé. Me encantaba mirarle a los ojos a M., que se deja saludar y ser sonreído, y el hecho de enterarme que tiene novia no ha cambiado nada en la calidad de nuestras miradas cómplices en la resulta muy evidente que parte de su goce es saberse deseable por mí, y tener la suficiente confianza en ambas posiciones (la mía y la suya) como para seguir exactamente con el mismo juego. Sin embargo, J., del que no sé prácticamente nada, toma a veces la iniciativa de lanzarme su mirada sonriente, casi pícara, envuelta en un encanto de niñato mórbido en un cuerpo grande que es de lo más abrazable. Sin embargo, como no hay tanto de qué hablar, la cosa se queda allí.

Hay días en que toca la lotería y no solamente te miran a los ojos sino que los pillas mirándote de arriba abajo, y sabes que no tienes que interpretarlo como que te están tomando las medidas sino que simplemente te están observando como una secuencia más de información. Aquí somos todos informáticos. Ah, luego les dices que te mueres de ganas de tomarte una copa aunque hace un par de semanas que no te tomas nada de alcohol, y ellos como unos señores que se saben mover perfectamente entre lo sofisticado y lo gamberro, te empujan hacia esos placeres acotados pero nada desdeñables, y acabamos bebiendo juntos y nos reímos como si nos conociéramos mejor, las miradas se siguen cruzando y sabemos que todo es seguro, que todo está controlado, que hay una hora de caducidad en la que todos tenemos cita, otra vez, con la realidad: la de no mirarse, no hablarse, la realidad del miedo, de los muros y las pantallas, que son casi lo mismo. Pero mientras esa hora no llega, nos vamos revelando pequeños secretos a la velocidad del güisqui, lenta pero consentida, se eliminan centímetros o quizás solo unos milímetros de distancia, nos miramos más de cerca y la mirada sigue sin apartarse, nuestras pupilas se dilatan por el encuentro siempre enigmático de dos almas, y todo sigue en su lugar, nos damos cuenta de que no pasa nada, de que el protocolo es excesivo, y de que nadie cruzará líneas rojas. Nos instalamos en el placer afilado de reconocernos en nuestras penas y anhelos, cada uno en su lugar. Ya no tenemos miedo de ser deseados por quienes no deseamos, ni miedo de desear a quienes no nos desearán jamás.

Al despedirnos, parecemos masones, pero sin debernos nada, ni siquiera una próxima vez.

Colapso

¿Quién dijo que estos textos son propiedad de Hannah Games? ¿Habré sido yo u otra mujer? Sentado en frente a una pared, me observo ante el espejo de las letras. Voy escribiendo tal como he vuelto a casa: caminando ni despacio ni muy deprisa. Recuerdo otra noche de sábado en la que volvía a otra casa, pero desde la misma oficina. También recuerdo haber pasado delante de un local de ambiente y no haber entrado porque Hannah no tenía el ánimo para hacerlo. Esta noche tampoco he entrado en ningún local de ambiente, pero he continuado la jornada laboral con un grupo reducido de compañeros, y he entendido cuán importante es este trabajo para mí en este momento de mi vida. Es fundamental que Hannah pueda existir allí también, que pueda estar sentada en esa silla viendo miles de vídeos, que son docenas de miles de imágenes, centenares de fragmentos musicales y otros sonidos. Es necesario que Hannah pueda estar cómoda, que no tenga que pedir permiso para ponerse una blusa que pone en la etiqueta “moda mujer”. De hecho, pedirlo sería absurdo.

A Hannah solo le importa sentirse atractiva como el hombre nuevo que ya es, y hacia el que un día caminará a pasos agigantados. Hannah no quiere morir ante la reaparición de Francesc, ni puede: Francesc le cedió todos sus derechos a Hannah cuando inició su diseño conceptual, y luego se dispuso a hormonarla para darle cobijo. Los textos son ahora propiedad de Hannah Games porque ella es la corporación y todo lo que era de Francesc le es también debido. Ella, a su vez, no es propiedad de nadie, sino tan solo, quizás, y en una pequeña parte, propiedad de Bayer. Pero un cuerpo que ya está produciendo otra vez la hormona para la que está biológicamente diseñado es un cuerpo que ya no le debe apenas nada a la química que lo modificó temporalmente. Lo que sí permanece, más allá de la experiencia, esa palabra tan esquiva y maltratada, es el poso del aprendizaje menstrual: Hannah pudo intuir algo de ese ciclo y, con ello, renunció a la creencia de que el sexo no existe. El género no existe en la naturaleza; es un producto de nuestro lenguaje, que también cambia y hace tránsitos. Pero el sexo existe en los cuerpos y es sustancialmente diferente vivir bajo un régimen de sexuación u otro. Ojo: no hay solo dos regímenes; masculino y femenino son suficientes para nombrar realidades con tendencia reproductiva, aunque no fecunden, pero muy insuficientes para designar el potencial de creación de lo humano.

¿Hannah es mujer? ¿Yo soy Hannah? Desde que vivo en Cataluña siempre me he dirigido a los demás en el idioma de su elección. Varias veces he pensado: ¿y mi elección, dónde está? A veces pienso, medio en secreto que ahora os cuento, que mi idioma aún está por habitar, aunque lo hable, y es el francés. Por eso no ha cuajado mi integración, que algunos querían que fuese una asimilación (y que durante años también quise que fuera, para no quedarme excluído del mundo de los autóctonos). Así que, tanto si os dirigís a mí en el género gramatical femenino como si lo hacéis en el masculino, ya no os estoy contestando en el idioma en que me habláis; ese género, sea el que sea en qué se traduzca al dirigiros a mí, ya lo he puesto yo: es el mío.

Pocas cosas me han resultado tan liberadoras como aprender a dejar de ser esto o aquello para poder ser más que la suma de las opciones que se me ofrecían de entrada. El mundo está colapsando, tanto a nivel medioambiental como humano. Y no os voy a hablar del antropoceno ni de teorías apocalípticas. Solo os quiero decir una cosa más, hoy: aprovechemos sabiamente su colapso.

Frenesí

Viene del griego “frenesis”, que quiere decir delirio, pero a día de hoy lo utilizamos para hablar de un movimiento convulso, atropellado, incontrolable. Ayer lo bello sucedió: como un reloj, pasados diez días de dejar de suministrarle el inhibidor de testosterona junto al estradiol y la progesterona, sentí primero un vigor casi olvidado, menos frío, un impulso que me agitó desde el interior, una ola de calor vital que me calentó la mente desde las gónadas. Será por aquello que decía Morrissey que muchos tíos guardan los sesos entre las piernas. Yo no pensé con mis gónadas, pero ellas empujaron mi voluntad hacia allí. Me aparté de lo que estaba haciendo, encendí el ordenador, abrí una página porno, escribí en el buscador las palabras indexadas a mis fetiches más recurrentes, le di al play a un vídeo, no me gustó, otro, otro más, qué aburrido todo, pero luego un trozo de esta carne, otro de aquella, esa voz, esa corrida, esa mirada protegida por la pantalla, la facilidad excitante de pajearnos ante alguien que no nos ve. El secreto mal guardado del consumismo sexual.

Me apreté suavemente las bolas, jugué con mi sexo sin pensar, recuperando el dominio primate de la ausencia de sentimientos, nobleza, sentido del ridículo. Tuve un orgasmo maravilloso que me hizo estremecer de placer durante largos segundos. Mi herencia de Hannah. Los orgasmos largos, la sensibilidad a flor de piel, mi forma de tocarme que ya no es la misma. Mi forma de contároslo, sin ningún reparo ni vergüenza. Quédate, Hannah. Quiero tenerte dentro.